7 de julio de 2011

Tour de Francia: El general asfalto

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07/07/11
Algún maléfico magnetismo convirtió la etapa de ayer, en principio inofensiva, en una trampa para coroneles. Entre la caída de Wiggins en el kilómetro 60 y la de Boonen en el 102 se fueron al suelo, con parecidas quemaduras y diferente pronóstico, Leipheimer, Brajkovic, Gesink y Contador. Por algún momento dio la sensación de que un francotirador invisible y selectivo se esmeraba en tumbar favoritos. Era como si una fuerza telúrica nos quisiera recordar que no hay campeón sin sufrimiento. Ayer, por cierto, el pelotón pasó por Yffiniac, el pueblo que vio nacer a Bernard Hinault.

El peor parado de todos los favoritos fue Brajkovic, del RadioShack. El ciclista esloveno (27 años), eterna promesa para las grandes vueltas (ganó a Contador la Dauphiné de 2010), quedó tendido en el asfalto tras un enganchón que también se llevó por delante a Gesink. La estampa fue alarmante, primero, y penosa, después, cuando el chico consiguió levantarse con el cuerpo convertido en una cordillera de hematomas y ríos de sangre. Tras algunas dudas y varias preguntas del médico (cómo te llamas muchacho; Ricky Martin, doctor), la ambulancia se lo llevó a un lugar más plácido.

Mientras admirábamos la fortaleza de Gesink, cuya rodilla izquierda no dejaba de manar sangre, se cayó Contador. Venía de librarse de un tropiezo con otros ciclistas, pero nada pudo hacer cuando los diablos de Bretaña le soltaron la cadena. Fue un topetazo seco, de los que sólo se evalúan una vez retomada la marcha: heridas en la espalda, maillot roto, hombro magullado Tanta debía ser nuestra angustia, la de la afición española que le observaba, que cuando la cámara de televisión terminó de escanearle el esqueleto, Contador levantó el pulgar: estoy bien mamá, estoy bien señores.

Hostil.

Llegados a este punto, conviene interrumpir el parte médico para anotar que, al caerse Contador, el pelotón aceleró el ritmo. Ni le esperó galantemente, ni bajó a proporcionarle agua oxigenada y tiritas; al contrario, picó espuelas. El primero en hacerlo fue el equipo de Andy Schleck y le siguió el Garmin de Hushovd. Tras varios años de ciclismo versallesco, recuperamos las carreras a la antigua usanza: aquí no hay amigos, ni primos, tampoco velas de cumpleaños. Son flechas ardiendo.

Boonen rodó por el asfalto en el km 102 y la fuga del día fue capturada a 45 de meta. Esta vez Iván Gutiérrez, instigador habitual, se ganó el reconocimiento al corredor más combativo. Al rato, cuando más se retorció Bretaña, se escaparon Voeckler y Roy, tan conocedores del terreno como un sherpa del Himalaya. Una vez atrapados comenzó la ceremonia del sprint. A 300 metros de la meta, Cavendish era décimo, cubierto por una nube de enemigos. Pues ganó él. Bretaña, tan suya, no se conformó con menos que el mejor.

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